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"Siempre hay que respetar a las personas,
nunca hay que respetar a las ideas"
Pío Romero Carranza, en Z.
Ya sea por la naturaleza humana o el esquema sociocultural de occidente, solemos asociar actos, ideas y personas hasta el punto de la indistinguibilidad. En términos propios del Cristianismo (que ha, innegablemente, afectado nuestra cultura desde las raíces), la herejía convierte al hombre en hereje y el pecado convierte al hombre en pecador. No es mi intención abordar el tema desde un punto de vista teológico o religioso sino explorar este fenómeno en un plano más cotidiano y terrenal. Corro el peligro (quizás insalvable) de caer en el siempre pantanoso terreno de la moral. Este es, mejor dicho, un asunto de filosofía moral (y dejemos de lado, por un momento, el detalle de que no soy filósofo ni, Dios me guarde si existe, moralista).
Mi análisis se centra en el concepto del juicio, entendido como "facultad del alma, por la que el hombre puede distinguir el bien del mal [...]" u "opinión, parecer o dictamen" [Diccionario de la Lengua Española, Real Academia] y referido a los actos, las ideas y las personas. Noto que, en la mayoría de los casos, tenemos la tendencia de errar en el objeto de nuestro juicio al confundir entre estas tres entidades.
Ejemplifico, en primer lugar, con los adherentes a la pena de muerte. El argumento que suelen esgrimir (aunque reconozco que no es el único y que hay quienes lo rechazan en favor de otros más sofisticados) es que aquel que mata no merece vivir. Esta percepción de la justicia ata inseparablemente al criminal a su crimen: si ha realizado un acto malo es, sin ninguna duda, una mala persona. La falacia es sutil, pues reconozco que es posible que el mal accionar sea a causa de la maldad personal y quizás en muchos (o, por qué no, la totalidad) de los casos sea efectivamente así. Es aquí donde me es inevitable hacer uso de mi visión epistemológica y antropológica: lo que critico del argumento es el "sin ninguna duda". Supongamos que el crimen se ha demostrado hasta en el sentido matemático de demostración. Aún así se desconocen las motivaciones, intenciones y experiencias previas que llevaron al criminal a cometer el crimen. Por más que se demuestre que el acto fue voluntario, no está en nuestra capacidad conocer la bondad o maldad de las personas.
Me enfrento nada menos que a dos conceptos morales y antropológicos de amplia aceptación popular: "de buenas intenciones está empedrado el camino al Infierno" y "las personas se definen por sus actos". Sostengo que las personas o, mejor dicho, la bondad o maldad de las personas, se definen, antes de los actos, por sus decisiones libres. La imposibilidad epistemólogica a la que se enfrenta quien hace la afirmación a la que me opongo es la de conocer la libertad detrás de las decisiones: el crimen puede ser voluntario, la decisión puede haber sido tomada, pero no se puede saber con cuánta libertad. El clásico ejemplo en favor de esta postura es el del trauma de la niñez. ¿Podemos conocer hasta qué punto influyó en el crimen, hasta que nivel de conciencia afectó cada etapa de la toma de decisiones? Podemos suponer, podemos estar bastante seguros, pero nunca "sin ninguna duda". ¿Estoy proponiendo tirar por la borda todo el sistema de justicia en el que se basa el orden de nuestras sociedades? Definitivamente no. Sí, quizás, mirarlo desde otro lado: el castigo no debe ser concebido como venganza sino como fuerza disuasiva, y sólo desde este punto de vista es aceptable. No me refiero ya al caso puntual de la pena de muerte ni al más general del Poder Judicial, sino a todo juicio moral que pueda hacerse sobre una persona. Es, en mi opinión, este mismo error el que llevó a algunas personas a festejar la muerte de Néstor Kirchner, el que causa los resentimientos sociales e históricos y el que genera las enemistades más intensas; es decir, es ésta en muchos casos la raíz del odio.
De la misma manera que con los actos, observo que se asocia erróneamente a las personas con sus ideas. Es más fácil reconocer, en este caso, el peligro del prejuicio debido a las ideas, pues la Historia ya nos ha enseñado al respecto. El ensañamiento de la Iglesia con Galileo Galilei, el odio interreligioso y los régimenes totalitarios son ejemplos que por muy poco no se explican a sí mismos. Por esta asociación entre idea y persona es que muchas discusiones derivan en peleas y muchas diferencias pueden causar el fin de una amistad. Es normal indignarse cuando se critican las ideas propias (probablemente yo me indigne cuando critiquen lo que aquí escribo), pues es difícil asimilar el hecho de que no se critica a la persona sino a los conceptos, que no tienen ningún derecho a quejarse.
Aquí llego a algo muy curioso en este razonamiento, y es que es realmente difícil, en lo cotidiano, hacer estas distinciones. “Pepe le robó a Tito, es un hijo de puta”, por ejemplo, es una frase a la que nadie en su sano juicio (que sepa que efectivamente Pepe es un ladrón y que no se alarme por el vocabulario soez) objetaría y no está tan mal, incluso si se ha leído este ensayo y se concuerda con sus argumentos. Las relaciones humanas son contradictorias en muchos niveles pues entran en juego, además del juicio racional, las reacciones emocionales y afectivas que no se dejan llevar tan fácilmente por la razón. Es justamente esa complejidad de la experiencia humana la que soporta mis argumentos ofrecidos ut supra.
Concluyo, luego de este breve ejercicio mental, que nuestra percepción de la calidad moral de las personas está usualmente afectada por nuestra percepción de la calidad moral de sus actos o sus ideas, por más que no deba ser así desde un punto de vista netamente racional. Quizás sea provechoso sostener cómo máxima que se debe juzgar a las ideas y a los actos pero nunca a las personas. Lo cierto es que (salvo para Kant, hasta donde yo sé) atenerse a una máxima en todas las situaciones de la vida es impracticable.
Estilísticamente, no sé si puedo hablar mucho (o sé que no puedo hablar mucho, mejor dicho), más que como una persona que ha disfrutado de muchos ensayos, y este no fue la excepción. Me gustó en especial la elección del vocabulario, o al menos fue lo que más me llamó la atención (o no, en realidad, y eso es lo que lo hace bueno). Lo que sí quizás lo hizo fue sentir que estaba demasiado estructurado, supongo que así es como debe ser pero personalmente me pareció marcado, o quizás es que nunca fui buena para esas cosas (o muy de manual, o demasiado libre y desestructurado y sin estilo en particular) y no las sé apreciar.
ResponderEliminarSiguiendo la idea me dejé llevar, asintiendo (me causó gracia-desconcierto que enserio una definición de diccionario diga 'facultad del alma'... alma?), pero al final me frené y me quedé pensando.. ¿qué nos define? No está bien categorizar o no diferenciar a una persona de algún acto o idea en particular, pero ¿no es el conjunto de estos parte de lo que nos define al fin y al cabo? Mientras más lo pienso más me contradigo una y otra vez. Una persona que mata merece vivir de todas formas, por supuesto, y a pesar de todas las demostraciones al respecto, se podría decir que no se la puede definir como 'mala persona'. Pero ¿una persona que mata repetitivamente? Diría que es mala. Y me freno y pienso que puede estar simplemente enferma ..y ahí se va su libertad de actuar, y así con la mayoría de las cosas. Supongo que una 'mala persona' podria toda su vida realizar actos y expresar ideas consideradas 'buenas' por la sociedad y eso no cambiaría sus intenciones. Pero si ante la sociedad es una 'buena persona', ¿qué sentido tiene juzgar o definir bondad-maldad por cosas que no vemos ? ¿qué sentido tiene la distinción? ¿no es obvio y hasta tiene sentido que nos dejemos llevar por eso, ante la imposibilidad de juzgar a las personas? ¿y si el problema está en la definición de bondad-maldad que debería tomarse como algo referido a actos e ideas?
Igual supongo que apuntás a ser conscientes de esto. O sea, sabiendo y habiendo discutido todo esto, que como sociedad, personas, almas ¿porqué no?, seamos conscientes de que estamos juzgando actos e ideas todo el tiempo y de la imposibilidad o dificultad de juzgar a una persona. De condenarla cuando nunca vamos a poder meternos lo suficiente. Pero si no juzgamos a las personas, y nos limitamos a juzgar sus actos e ideas, habría que poder desligar estos y considerarlos aislados e independientes de la persona en cuestión y las personas nos volvemos una nebulosa que nada tiene que ver con nada. Entonces ligado tiene que estar, y ese vínculo ya arrastra una historia previa y las cosas se vuelven a mezclar.. y ya estoy divagando.
No creo haber aportado mucho, en especial por la cantidad de preguntas y vueltas, fue más algo de pensar para mí misma que una vez escrito.. ya fue (¡y hace cuánto que no pensaba en cosas de este estilo!), así que puedo -podemos- sacar algo bueno de este humilde post (involuntario pseudo monólogo interior).
Creo que te vas de viaje en estos días, así que te deseo unas lindas vacaciones!
Interesante, Pablito.
ResponderEliminarA ver...
A mi no me parece que se pueda distinguir absolutamente uno de sus ideas. Creo que el juicio- la segunda definición (la más amplia)- es existencialmente indispensable. Minimamente para sobrevivir hay que saber juzgar qué actitudes, qué cosas hacer o adoptar o no hacer o adoptar. Por extensión, se puede y debe poder juzgar a las personas, quizás no fundamentalmente por sus ideas pero si por sus actos que son un testimonio más concreto de su caracter. Ta bien, no vas a poder conocer a fondo nunca a uno ni sus motivaciones, pero eso se aplica incluso a tus mejores amigos. No es razón suficiente para tener totalmente suspendido el juicio.
Estoy de acuerdo con tu perspectiva sobre la justicia punitiva. Al estado no le corresponde determinar si el criminal es castigado en la proporción de la inmoralidad de su crimen. Solo que la sociedad esté fuera de su peligro, lo cual hace que la pena de muerte sea innecesaria. Pero tampoco me parece que sea la prerrogativa de la justicia (política, no divina ni moral) conocer al criminal hasta su nucleo como consideración en la pena.
Más allá de mis diferencias, gracias por el aporte. Que empieze acorrer la bola.
Ah, y sos un pichón.
PARTE 1
ResponderEliminarVoy a comentar un par de partes que me parece que encierran los problemas de fondo.
Decís que la raíz del odio puede encontrarse muchas veces un “juicio moral que pueda hacerse sobre una persona”. Muy bien. Pero hay algo más. Hay un juicio moral sobre la persona también en la raíz del amor, la compasión, y cuanto sentimiento hacia otro quieras.
¿Por qué? ¿Qué es juzgar después de todo? Es asignar un valor (permanezcamos por ahora ajenos a la problemática gnoseológica de si ese valor le es intrínseco o no, si es dado, puesto, etc; no interesa ahora).
Y un juicio “moral” es un juicio que tiene que ver con la bondad o maldad, en principio, pero la cuestión está en ver en la bondad o maldad de qué… Y sucede que de varias cosas en realidad…
Vos distinguiste entre jucios morales a personas, actos e ideas, sosteniendo la tesis de que el juicio a personas es imposible o al menos arrogante (estoy simplificando tu punto, lo sé, pero para darle fluidez a mi argumentación). Pero ocurre que la palabra “moral” ya nos hace el favor de recortar el dominio. Me refiero a que cuando decimos “juicio moral sobre una persona” no nos estamos refiriendo al núcleo metafísico de lo que esa persona pueda ser, sino precisamente a aquello de la persona que es susceptible de ser juzgado.
En un juicio moral uno juzga al menos tres cosas complementarias, desde lo más “exterior” hasta lo más “interior” (“exterior” e “interior” son sólo metáforas, todos sabemos que en la vida, a nivel existencial, no hay lados) respectivamente: los ACTOS, los HÁBITOS (o costumbres, o usos, poco importa) y el CARÁCTER (o manera de ser de cada uno).
La repetición de actos produce hábitos ((por eso Clementina diría que es mala una persona que mata repetitivamente… después de todo a los hábitos los llaman “segunda naturaleza” humana)) y éstos forman un carácter; carácter que no es sólo resultado, sino que es la base misma desde donde surgen los actos ((ya Fede decía que los actos son un testimonio del carácter)) . No hay un antes y un después, los tres niveles están imbricados. Y no sólo entre sí sino también con lo que sea que fuera el mismísimo núcleo de la persona… es decir, no pueden desligarse de ella, como ya sostuvieron los otros dos comentadores.
Juzgar moralmente a una persona equivale entonces a: “los actos, los hábitos y el carácter de X persona tiene tal o cual valor de bondad o maldad”.
Decís: “La imposibilidad epistemólogica a la que se enfrenta quien hace la afirmación a la que me opongo es la de conocer la libertad detrás de las decisiones: el crimen puede ser voluntario, la decisión puede haber sido tomada, pero no se puede saber con cuánta libertad”.
Con eso estoy de acuerdo, pero la frase que le precede requiere más atención:
“Sostengo que las personas o, mejor dicho, la bondad o maldad de las personas, se definen, antes de los actos, por sus decisiones libres”.
¡Pero sus decisiones libres también son actos!
En cuanto a las ideas, hay que admitir que son el resultado de un acto (el pensar, en principio), y por lo tanto quedan englobadas en los juicios sobre actos en última instancia.
A esta altura el desafortunado lector pensará que entonces estoy a favor de que se condene a cualquiera por sus actos, ideas, hábitos o carácter… Claro que estoy en contra de eso. El problema es que no estoy hablando en términos morales, sino, como rezaba el título de la disquisición, de la “naturaleza del juicio”.
¡Hay que desprendernos de la asociación implícita entre juicio y condena!
Los juicios morales son intrínsecamente humanos y realmente concretos. Se me dirá: “¿y eso de la bondad y maldad?”. Pero “bondad” y “maldad” no son abstracciones, ni valores objetivos (al menos en el caso del juzgar), son sólo etiquetas en este caso para llegar al fondo de la cuestión: lo que yo juzgo vale para mí. ¿Por qué? Porque yo le asigno ese valor (sin importar, como decíamos al principio, de dónde lo saco).
PARTE 2
ResponderEliminarDecías que “es realmente difícil, en lo cotidiano, hacer estas distinciones. <>, por ejemplo, es una frase a la que nadie en su sano juicio (que sepa que efectivamente Pepe es un ladrón y que no se alarme por el vocabulario soez) objetaría y no está tan mal,incluso si se ha leído este ensayo y se concuerda con sus argumento”.
Nadie objetaría la frase <> porque es una valoración espontánea, es decir, es mi manera de experimentarlo a Pepe. No es sólo que “no esté tan mal”, es que es así. Lo que me llega cuando me nombran a Pepe me inspira eso. Y eso es el verdadero sentido de las cosas… el sentido que tengan para mí. Otro ejemplo: para mí el sol es esencialmente lo que ilumina mis días y me da calor, y no una estrella de tal o cual magnitud, a tal o cual distancia del planeta del que resulta que la gravedad me mantiene unido, etcétera. Cada cosa es lo que yo vivo que la cosa es. Es primigenia relación con las cosas tiene un juicio de fondo, es decir, una valoración. La cosa se me muestra de determinada manera, se me aparece de deteminada manera que yo valoraré en virtud de cómo me concierna.
¿Y con las personas? Decís que “las relaciones humanas son contradictorias en muchos niveles pues entran en juego, además del juicio racional, las reacciones emocionales y afectivas que no se dejan llevar tan fácilmente por la razón”. Eso sucede en realidad (como se ve en el párrafo anterior) con todo; aunque no es difícil notar que aún más con las personas. De hecho a la hora de relacionarnos con personas hay algo que cambia todo desde el principio: está el rostro de otro.
Ese rostro es inviolable. Ese rostro no puede se juzgado moralmente en el sentido burdo de la expresión. Pero ese rostro encierra algo más: tiene una significación propia que provoca en mí una valoración; ese rostro me mira y me dice: “no matarás”.
Después vendrán todos los demás fenómenos que deban llegarme: los de sus actos, sus costumbres, su carácter. Y a partir de ellos yo juzgaré moralmente: “me llega”, “no me llega”, “me dice algo”, “no me dice algo”. Y eso, y así explicamos finalmente lo del principio, provocará los más variados sentimientos
Reformulando tu conclusión, yo diría: nuestra percepción de la calidad moral de las personas proviene directamente de nuestra percepción de la calidad moral de sus actos, su costumbres y su modo de ser más o menos estable. Pero aquí dos salvedades. La primera ya ha sido remarcada: los actos, las costumbres y el carácter son lo propiamente susceptible de juicio moral de una persona. La segunda es que la calidad moral de las personas es sólo una percepción nuestra, un juicio, un valor asignado… y no una suerte de “life bar” alla Street Fighter, unívoca y objetiva. Pues en el fondo lo objetivo es irreal.
PARTE 3
ResponderEliminarAhora, yendo a la aplicación práctica (si es que existe tal cosa)… Estoy con Clementina: seamos concientes de lo que estamos juzgando. La percepción pura no existe. No sólo está dentro de un horizonte temporal y espacial, sino que además provoca valoraciones instantáneamente, todo el tiempo. Nuestra vida es un largo río lleno de corrientes de juicios.
Cuando juzgamos a una persona para imputarla hay que tener presente que lo que estamos haciendo en realidad es juzgar al sujeto moral de imputación, es decir, juzgar a lo susceptible de juicio que tiene esa persona. Ese sujeto de imputación ciertamente “es” la persona, pero la persona no es solamente eso; es decir, el sujeto de imputación es “en parte” la persona.
Claro que en un proceso judicial no se puede juzgar a “una parte de la persona”, arrancarle una pierna y un brazo, y mandar esos miembros a una cárcel. Lo que sucede es que “en virtud” de esa “parte” (el sujeto de imputación), la persona en su integridad es imputada por tal o cual delito, sin que nunca el juez, o el juzgado, o el psiquiatra consultado, o el Estado, o quien fuere, llegue a conocer el núcleo íntimo de la persona (del cual procede la libertad).
Ahora, cualquier legislación sobre la pena debe tener a la vista el principio de que tal pena sólo es válida si en ningún momento se actúa en contra de la integridad de la persona, en contra de su vida. Por eso todo el debate sobre la pena de muerte falla desde el principio. Sólo se trata de desarrollar la imaginación un poco y encontrar formas punitivas en las que no se ponga en riesgo no sólo la vida del criminal sino también el desarrollo de ella (aunque no necesariamente el desarrollo “integral”, pues ciertamente en varios casos, no todas las facetas de lo humano podrían se desarrolladas siquiera con los modelos más innovadores de prisiones formativas o libertad condicional).
Sobre el tema de traumas infantiles, condicionamientos culturales, etcétera, hay que tener presente que en la imputación no se deben determinar las razones últimas del crimen, sino precisamente el grado de imputación, de responsabilidad. Y si un tipo mató a alguien, ni importa si el origen está en que su mamá le daba leche sólo de la teta izquierda, no importa si él tiene o no “la culpa”, sino que importa si puede volver a poner en riesgo la vida de alguien, y a partir de ahí es que hay que tomar medidas punitivas específicas para cada caso.
Gasto, ¿vos qué opinás?
ResponderEliminarDigo... un poco te involucra el tema... ¿no?
("buscate un aaaabogado y empezáaaa a rezar, que vas a ir preso... tara rara raráaaa")
jajaj
Jajaja... nabo, igual ni me buscaría abogado, voy preso con gusto.
ResponderEliminarGracias, San Cascarudo, Moisés del Jordán, por iluminarnos nuevamente.
ResponderEliminarSolo objeto a esto:
"¡Pero sus decisiones libres también son actos!"
No lo niego, una decisión libre es un acto, pero estaba tratando de establecer una distinción, poner la decisión libre como un meta-acto o un pre-acto, es decir, como el acto a partir del cual surgen los demás (aquellos que pueden ser experienciados por un tercero, digamos). Es ahí, en mi opinión, donde se juega la naturaleza de la persona.
Más allá de eso, me encantó tu comentario (que, dicho sea de paso, es más largo que el ensayo) y me da fiaca tratar de discutir punto por punto, más que nada porque estoy generalmente de acuerdo.